Prólogo del autor
Cualquier ser humano, y hasta me atrevería a decir cualquier animal, debe estar agradecido a aquellos que, por sus dones de predicción, sacrificio y conocimiento, están esforzándose en protegernos de nuestra propia ignorancia. Hubo un tiempo en que creímos que la inteligencia dependía de los genes que nos conformaban para venir a este mundo. Si la gracia hereditaria no te había favorecido, mejor que pensaras en alguna actividad que no exigiera demasiada mollera. Suerte que los científicos nos confirman que la afirmación ha quedado obsoleta. Y es que, en este entramado de conexiones y laboratorios que
estructuran nuestro cerebro y manipulan órganos y emociones, surgen continuas transformaciones acordes con los límites que cada cual expande al sustanciar sus habilidades. Asumir desafíos o vivir nuevas experiencias crea circuitos, diseños entre las neuronas para dotarnos de mayor inteligencia. Nosotros, según soportemos la forma que el empeño y la paciencia exijan, esculpiremos nuestra propia condición.
La vida, ese camino que hacemos hasta ser otro bulto de lo irremediable, no siempre viene amorfa o vilipendiada, también puede envolvernos en lo más fundamental para abrigar las ilusiones, cuya causa pudiera no pasar de cumplir el mandato de las manos que nos acunaron en la infancia, los dedos que nos agitaron e hicieron que eyaculáramos adolescencia o las piernas que se abrieron ante los efluvios de la madurez. Curioso alambique donde el intelecto alcanza las virtudes del esfuerzo humano.
El mío personal, mi esfuerzo intelectual y animal, en el año mil novecientos ochenta, trataba de guiarme entre los faros de un mar sin fondo habitado en los abismos por laberintos emocionales. Propósitos de exclusivo alcance para la voluntad, persistiendo muchos de ellos hasta emerger hacia el lado más cuerdo de mis deseos. Son las circunstancias que han favorecido la oportunidad de entregarme a este trabajo, no sólo por el disfrute egoísta de todo escritor. También por el interés que me provoca suponer que 
adentrándome en el tiempo ajeno, en la vida de un individuo que transitó por mi espacio humano y lo transformó hace años, yo
mismo pueda saber si me reconozco en el que él dirá que fui. Les hablaré por su boca.
En aquel entonces, yo era uno más entre los trescientos jóvenes madrileños que nos sentíamos convocados por el festín del arte y la gloria, recién había formado el grupo Línea Vienesa. Francisco Hoyos, nuestro mánager y mecenas, vino a decirnos que había pasado por Rock-Ola, enseñado dos de los temas que ya teníamos grabados, y conseguido que tocáramos allí. Sería el siete de julio de mil novecientos ochenta y uno. Aquél fue nuestro tercer concierto en Madrid y el inicio de mi relación con Jorge González Bellier, propietario de la sala. Fue Blanca, vieja amiga y relaciones públicas del local, quien tras el concierto llegó al camerino para felicitarme y proponerme que le conociera. Poco podía imaginar el giro que iban a dar mis angustias y alegrías.
–Ramón –me dijo–, le habéis encantado al dueño y me pide que te pregunte si puede hablar contigo.
–¿De qué? ¿De lo falso que ha sido el Dj? Dile que sí. Me va a oír.
Aquella tarde del concierto, durante la prueba de sonido, pedí al Dj que pinchara, momentos antes de nuestra actuación, la canción Soy minero, por Antonio Molina, y la dejara sonar hasta su final. Sería el momento en el que se abriría el telón y comenzaríamos a tocar.
–Esto es una discoteca y aquí no se ponen coplas.
Lo dijo en un tono tan afectado y tajante, que respondió el bicho que escondía en mí:
–Te falta un toque kitsch para ser moderno. Este es nuestro show. Si no la pones tú, hago que la ponga otro. ¿De acuerdo?
Aceptó a regañadientes. Más tarde se salió con la suya y nos engañó. No puso la canción. Tras escuchar el mensaje de Blanca y aceptar que el propietario viniera al camerino, durante la conversación que mantuvimos solté mi veneno contra el boicoteador. Los ojos de Jorge González Bellier brillaban mientras me felicitaba y enseñaba sus sonrisa más abierta. Su mirada era cariñosa, sincera y truhana a la vez, de hombre acostumbrado a echar anclas en mares inescrutables para la experiencia de mis treinta años. Su porte era atractivo, fuerte. Vestía con ropa vaquera, camisa y pantalón, y calzaba botas camperas de Valverde del Camino. Hablaba un español afrancesado y me apretaba la mano con la justa medida para seducir. Aquella noche
no lo conseguiría.
–Ramón, si no le molesta que le haga una pregunta, dígame: ¿Qué cree usted que tengo que hacer para que a mi discoteca venga, a diario, el mismo público que hoy ha venido al concierto 
de Línea Vienesa?
Sonriendo, respondí burlón:
–Despedir al Dj. No tiene ni idea. Mezcla fatal y nos la ha jugado. Vamos, no pienso volver aquí.
Creí que con esto despacharía a los dos: al Dj de la discoteca y a su jefe de los camerinos que había utilizado nada menos que el mismísimo Iggy Pop y, la semana siguiente de nuestro concierto, el grupo londinense Spandau Ballet. El concierto de Línea Vienesa resultó sorprendente. Toda la prensa espe- cializada se hizo eco con elogios que hasta entonces sólo había escuchado refiriéndose a otros artistas.
Por el aluvión de amistades que quisieron subir a felicitarnos, en los camerinos se estaba montando una auténtica fiesta de alcohol. A espaldas del propietario me hacían señas para que terminara la conversación. Las drogas andaban ansiosas por salir de su escondite, no podían estando allí aquel señor. Jorge, tal vez ajeno a que incomodaba o tan a lo suyo que, aún sabiéndolo, prefería insistir antes que marchar con las manos vacías, atacó:
–¿Cuánto me cobraría usted por venir a dirigir la cabina? Pensé que aquel hombre era un pesado.
–Yo no sé manejar una cabina, ni me interesa. Pero como músico y por lo que me gusta bailar, le doy un consejo: con el Dj poniendo los discos como si estuviera en un guateque de los 60s y la música que pincha, el negocio irá a la ruina.
–Usted podría decir qué discos comprar y cómo pinchar.
Sin más ánimo que el de despedirlo para integrarme a la fiesta, respondí:
–De acuerdo, lo pensaré.
Se despidió murmurando a mi oído una cifra, en pesetas, superior a la nómina de cualquier ingeniero. Esto sí me hizo tilín.
Al día siguiente acompañé a mi amigo Jorge Berlanga hasta la casa de sus padres. Aún vivía con ellos en un chalé de Somosaguas. No recuerdo lo que nos llevó a comentar la propuesta que me había hecho González Bellier. Sí recuerdo el bufido de Luis García Berlanga y cómo se llevó las manos a la cabeza al decir:
–Ni se te ocurra, Ramón. Ese hombre es muy peligroso, tiene muchas muertes a sus espaldas. Era un miembro muy importante de la OAS, los pies negros argelinos que se aglutinaron en un grupo terrorista y a los que Franco ha dado cobijo a cambio de que le eliminen a todo el que sea molesto para el Régimen. Así les hace la vista gorda con el tráfico de armas. El pantano de San Juan esconde más cadáveres, hundidos por esta gente en bloques de cemento, que todos los que la mafia americana pudo finiquitar. Ha sido el promotor de las barras americanas de “La Costa Fleming”, esa locura de la que se habló en toda España, y es dueño de los restaurantes y locales nocturnos que más dinero 
están dando en Madrid. Menudo pájaro.
Sentí el hormigueo de las tentaciones que todo escritor conoce; entonces yo lo era en ciernes. Sin duda que mi curiosidad, espíritu agitador que hace mutar lo excéntrico del orden establecido en mis emociones, por estas palabras del señor Berlanga que a otro más cuerdo le habría hecho inclinarse a salir por la puerta de las mayores distancias, a mí me llevó a la llamada de lo que presentí como aventura inminente. Y, siendo la
mente una herramienta incontrolable para fantasear, pensé que con aquel tipo, un hombre de coraje adiestrado a luchar contra la lógica impuesta, una especie de Humphrey Bogart y Alain Delon, conocería historias de lo más tremebundas y mi economía viviría un respiro. Escuchando a Julio Ruiz en su fantástico e inspirador programa de Radio Popular, Disco Grande, tomé definitivamente la decisión.
Días después, durante el concierto de Spandau Ballet, G. Bellier y yo nos cruzamos y me detuvo. Otra vez su sonrisa amable:
–Ramón, mucho gusto de volver a verle. ¿Ha pensado en mi oferta?
–Tengo mis dudas pero lo puedo intentar.
En la vida de todos, entre los días blancos y negros, hay muchos grises. Mi presencia se convirtió en pesadilla para Pepo, el Dj. Cada noche, solo el contacto de nuestras auras ya daba calambres. Las miradas eran agotadoras por el esfuerzo en disimular el respectivo rechazo. Yo, un tipo pegado a su espalda, que me pintaba los ojos y usaba barra de labios negra, con pajarita y el pelo decolorado salvo la pequeña trenza que desde la nuca había teñido de azul, diciéndole a él, guitarrista de una tuna y Dj de rock and roll, que guardara para otra ocasión sus discos de siempre y que comenzara a pinchar sin cortar entre canción y canción. No es que yo tuviera algo en contra del rock and roll, todo lo contrario, vengo de él. Pero aquél no era momento ni sitio, las nuevas generaciones se identificaban con otras vanguardias y filosofías.
Bellier no aparecía por las noches –única persona a la que me interesaba atraer hacia el batiburrillo de mis inquietudes–, y decidí salir de allí. Por verme dispuesto a la renuncia de una paga con la que podía comprar otro amplificador de guitarra, ampliar la pedalera, hacerme con un coche nuevo y alquilar un piso para mí solo, además de volar a Londres, Berlín y París cuando me diera la gana, más de una vez me llamé loco. En fin, como soy de mala madera para hacer la contra a mis decisiones y aunque en casa –piso compartido con la actriz Rosa Suances, el músico Paco Tergal y todo nómada que necesitara techo–, siguiera alumbrándome con velas por tener la luz cortada a falta de pago, tres noches después, justo la primera que el jefe apareció desde mi incorporación al equipo, al darnos la mano dije que mi saludo era para despedirme.

–¿Por qué? ¿Quieres más dinero?
–No, gracias. Este local no se arregla con que yo amargue la vida de nadie. Está muy lejos del centro. Quieres un imposible.
–¿Y qué quieres tú?
–Yo qué sé. Nunca he trabajado en una discoteca. Solo veo que Rock-Ola no tiene encanto y es aburrida.
–Presiento que eres persona de mucha fuerza y talento. Si celebras aquí todos los eventos que quieras, tus amigos terminarán viniendo y no te aburrirás. Necesito un director de los eventos. En este local, antes de que fuera lo que ahora pretendo, tuve un music–hall y conservo todos los decorados, además del personal e infraestructura que me pidas. Acepta el puesto.
Para mí, aún sabiendo que la adulación anula la voluntad del vanagloriado, aquél fue uno de esos instantes que todo jugador con fortuna ha disfrutado.
–¿Lo que yo quiera?
–Eso es. Lo que quieras.
Aquel hombre se entregaba. Sólo por hacer una gracia, jamás había nego- ciado un sueldo, nunca había cobrado un salario, se me ocurrió decir:
–De acuerdo. Pero te tengo que pedir más dinero.
–¿Cuánto?
–El doble.
–Estoy conforme.
–Bien, sigo trabajando aquí. Ahora me voy. Nos vemos. Y me fui sabiendo que habían puesto en mis manos algo muy importante, además de un suculento acuerdo económico para cada primero de mes.
Aquella misma noche, en El Sol, se lo conté a los amigos, íbamos a disponer de un espacio para hacer lo que nos viniera en gana. Y fue Jorge Berlanga quien dijo:
–Venga, vamos a comenzar por hacer un espectáculo. Ahora que están poniendo por televisión tanto remake y medio mundo anda loco con lo del glamour, los nuevos románticos, los mods, los rockers y todo ese lío, me viene a la cabeza... no sé, podría resultar muy gracioso –sonreía–. ¿Por qué no tomamos como idea el súper lujo que llevaban en el Titánic durante la fiesta de fin de año, en trajes, joyas y maquillajes? Así, en plan divertido y haciendo que los náufragos lleguen a nado hasta un iceberg. Yo lo escribo, El hundimiento del Titánic, Tragedia de la moda en un acto. ¿Qué os parece?
Esa misma madrugada, en casa de mi paisana, la pintora Marisa B. Miñambres, ya ex-esposa del periodista, economista, abogado y amigo mío desde la infancia, Fernando Jáuregui Campuzano, con una tarta de chocolate y una botella de vodka que nos cepillamos en un santiamén, J. Berlanga comenzó a escribir. Íbamos adaptando el guión según las peculiaridades de 
los amigos a quienes invitaríamos a formar parte del elenco, ninguno era actor pero todos eran inmejorables personas y grandes bebedores.
Pasamos los siguientes días distribuyendo el guión, pensando en el vestuario y contactando con los diseñadores y marcas a las que les pediríamos su colaboración. Un mes más tarde, fecha adecuada para cobrar mi primera paga y hora de coordinar Rock-Ola para planificar ensayos y estreno, Jorge G. Bellier actuó de un modo inesperado. Mirándome como sólo se hace con un estafador des- cubierto, dijo que yo no trabajaba allí. Que no tenía que pagarme nada.
–¿Cómo? ¿Qué yo no trabajo aquí?
–Desde el día que te ofrecí ser director de eventos, no has vuelto.
–¿Tú que quieres, una chica de alterne o lo que me has ofrecido y pedido? Vaya si me latía el corazón, y la rabia. Aquel hombre, sin estar al corriente de la que preparábamos, iba a dejarme en ridículo ante las personas más creativas del Madrid de los 80 –Pedro Almodóvar, Paloma Chamorro, Iván Zulueta, José Antonio Maíllo, Alaska, Leopoldo Alas Mínguez, Costus, Pablo Sycet, Julio Juste, Bernardo Bonezzi, Carlos Berlanga, Eduardo Haro, los Radio Fu- tura, Julio Ruiz, Jesús Ordovás, J.M. Costa, Pablo Pérez Mínguez, Javier Pérez Grueso, José Manuel Cuesta, Luis Antonio de Villena, Miguel Trillo, etc.– El propio Antonio Alvarado había viajado desde Alicante, vivía allí, y creado modelos en exclusiva para algunos personajes. Así, Antonio no conquistaría el Madrid que yo estaba a punto de perder. ¿Y cómo le decía a este hombre que me estaba hundiendo, que yo no podía parar aquello y necesitaba su sala para ensayar y estrenar? Después de tantas ilusiones y esfuerzos.
–Vale, Jorge. Pues te alquilo la sala para presentar lo que vengo preparan- do, pero tienes que dejarnos ensayar aquí.
–Tú verás. Te la puedo alquilar, para eso está. Me pagas quince minutos antes de empezar o lo suspendo.
No tenía el dinero que me pedía, ni mucho menos. Aún seguíamos mis compañeros de piso y yo con la luz cortada. Como en el dicho, a dos velas. Incluso bajábamos a ducharnos en los baños públicos, su precio era el de una peseta, que aún mantenía el Ayuntamiento junto a la boca de metro de Alvarado, a dos portales del nuestro. Si ya vivía en la ruina, ¿qué más daba una huida hacia adelante con aquel tipo francés? Acepté. ¡Y acerté! El día fijado para el estreno señala otro después en mi vida. Los años que estuve trabajando para Jorge G. Bellier, en lo que pasaría a los anales de nuestra historia cultural, sin duda fueron de absoluta intensidad. La nueva élite artística de la ciudad hizo de aquello su templo, y yo el salón de mi casa. El propio Mikel 
Barceló acudió en distintas ocasiones, una de ellas acompañado por El Hortelano.
Pronto sentí que Georges depositaba su confianza en mí. Que algo de su ser encontraba identificación con el mío. Fue recíproco. Comencé a analizarle y a seleccionar lo que quería aprender de él. En una ocasión, en su casa de la plaza de Cuzco, quiso contarme cosas que ya me asustaban con sus palabras de inicio. Imaginando que, por saber demasiado, pudiera acabar con un bloque de cemento en los pies, le pedí que no me hablara de torturas. No volvió a intentarlo. Desde luego que mi aventura había cambiado de intereses, definitivamente y en exclusiva, mi cerebro ya estaba en las entrañas de aquella máquina artística que creó. Lo dirigió como el guerrero que le habitaba.
Cuando la obra ya estaba hecha y lo cocido en las calderas de aquella discoteca había cruzado las fronteras de nuestro país, el trabajo dejó de ser mío. Enrarecido el clima interno, culpa de celos, ambiciones y falta de honestidad, Jorge me despidió. Lo hizo fríamente, con una carta que dejó a los porteros para que me la entregaran. Decía:
«Estimado Ramón, nuestra colaboración con relación a Rock-Ola ha concluido».
Por supuesto me quedé helado. Aunque en los días siguientes aclaré el en- tuerto y dejé en descrédito a los malandrines de la farfulla, cuando por correo le envié las pruebas, en una nota le advertía que no lo hacía con la intención de ser readmitido. Que cayera en dudas sobre mí, fue una ofensa que me dolió. Creí que nunca le perdonaría. Hasta que me telefoneó pasado un mes. Sí, claro que me alegró. Encantado acepté su invitación a comer. Aquel hombre me había dado mucho. A pesar, o gracias a nuestras controversias y patinazos, le tenía un enorme cariño. Ya no le guardaba rencor y nada mejor que salvar una amistad.
–Me he equivocado contigo, Ramón, no me he comportado bien. Me he dejado llevar y he cometido un error. Espero que me perdones y regreses. De lo contrario, creo que me harás pagarlo con sangre.
No me sonó a premonición.
–Jorge, Rock-Ola ha dejado de ser mi sueño. Estás rodeado de golosos y volverás a dejarte llevar. No creo que deba regresar.
–Si quieres, ahora mismo despido a quien me digas.
–No, tú eres el responsable. Es tu negocio, nos diriges y ocurre lo que tú consientes. Yo no soy como tú, tampoco quiero dejar sin trabajo a nadie.
–Tienes razón, apunté mal. Lo arreglaré. Deja que te invite mañana a cenar.
Cenamos juntos las dos noches siguientes pero no acepté su propuesta, sí las disculpas. El mes que había pasado distanciado 
de la sala me llevó a sentirme libre de la presión por el enorme trabajo que había desarrollado en ella, sin apenas tiempo para mi propia obra. En aquellos años, paulatinamente, fui dejando la guitarra, tampoco escribía ni pintaba. Había que añadir mi debilidad ante el sin fin de oportunidades diarias que surgían para el gusto por la diversión satisfecha y mi alegría por lo que aprendía en las conversaciones que me daban la suerte de aglutinar, cada noche, a todos los artistas e intelectuales más rabiosamente vanguardistas que estuvieron o pasaron por Madrid. ¡Qué brillantes eran sus euforias creativas! Tantas cosas buenas me habían retenido allí... pero ya no. Necesitaba otros aires. Los mismos que, después de tantos años sin saber de Jorge, hicieron que al descolgar mi teléfono escuchara una voz, diciendo:
–Ramón ¿Cómo estás? Soy Jorge, de Rock-Ola.

Pude imaginarle con su sonrisa aduladora. Había vivido todos esos años haciendo negocios por Sudamérica y ahora, a sus ochenta y cuatro años, regresaba a Europa. De nuevo los dos dándonos un abrazo, dos besos y la sonrisa de oreja a oreja. Otra vez sentados frente a frente en una mesa. Él, tomando té al limón, yo un té verde.

Y hoy, más de tres décadas después, aquí me veo privilegiado y dispuesto a cumplir su encargo. Las historias más reales son las que mejor nos trasladan hacia aquello que, sin dejar de ser verídico, resulta fábula.
Voy a escribir para ustedes su biografía, la que durante los próximos meses me irá narrando este argelino francés, Joseph González Bellier, El Nene, hijo de un gitano de Elche que emigró a Argelia, José, y de Rosa, gitana francesa de Montpellier, residente en Orán. Un niño que creció viviendo en chabolas, descalzo, harapiento y rebuscando comida por las basuras. Tenía quince años cuando echó el cadáver de su padre a un carromato que pidió prestado a otro gitano y lo condujo para enterrarlo donde nunca dijo a nadie, ni a sí mismo. Para olvidarle por su alcoholismo y violencia. Aquel niño, un pied noir, hoy ya es un maestro inscrito en el bloque de la tercera edad. En medio queda su aprendizaje, su primer trabajo como pinche de la petrolera Shell, su carrera jugando al fútbol profesional. Más tarde, establecido en la sociedad como comerciante de automóviles y propietario de algún taller de reparación, clan- destinamente ejerció como dirigente del brazo armado que, durante casi dos años, convulsionó al mundo con múltiples atentados. Masacres perpetradas bajo la razón de un derecho a reclamar. Salvo por lo que otros me han contado y no él, desconozco la lógica por la que, con el nombre de Jorge, Franco le dio cobijo en España, ni quiénes fueron sus cómplices para esto y aquello y en qué condiciones, nos lo irá descubriendo hoja a hoja. Me refiero a las razones profundas, las que sólo se hablarían cuando uno está sentado en el corredor de la muerte y escucha cómo preparan la guillotina. De Gaulle, le tenía sentenciado a morir como Pancho González. La crisis provocada en el gobierno francés por la revuelta de mayo del 68 vino a salvarle. A él y a todos los pied noir condenados a la misma pena. El que sería mi jefe, obviamente, había sido condenado por su relevante papel en el 
grupo terrorista más sanguinario de aquellos años, Organización Armada Secreta, OAS.
¿Qué curioso, verdad? Sin embargo, gracias a él, con cualquiera de sus nombres, Madrid tiene un pletórico barrio gay en Chueca, España puede disfrutar del prestigio artístico y cultural alcanzado con La Movida, nuestros artistas más jóvenes fueron reconocidos internacionalmente y mi vida dejó atrás el camino de los imposibles.
Jorge era un ejemplo singular de cómo puede un hombre llegar al triunfo, a pesar de los mayores obstáculos y
desventuras. ¿A quién sobornaría para que no le cerraran tantos locales que fue abriendo en la capital del franquismo? Significaban un atentado contra la peligrosa moral eclesiástica predominante.

¿Quién comería de su mano para que no le cerraran Rock-Ola? ¿A quién dejó de primar para que, finalmente y tras las múltiples manifestaciones de la vecindad, lo cerraran? El asesinato a puñaladas de aquel joven en la puerta, no fue el motivo. Me lo ha dicho Georges. Espero que me desvele la causa. ¿Pudo haber sido premeditado? ¿Un encargo de alguien menos poderoso que quienes le protegían a él?
Tras el cierre de aquel templo de La Movida, y como si se tratara de las fichas de un dominó, fueron clausurándole los demás locales que tenía en Madrid. ¿Alguien estaba decidido a machacarle y acabar con él?
Yo sólo alcanzo a opinar que no hubo entonces, tampoco ahora, un empresario de hostelería capaz de mirar con la amplitud de Joseph, o Pancho, o Georges, o Jorge González Bellier.
Escuchémosle.

Cubierta La materia de mis edades

PRÓLOGO

La materia de mis edades

Este testimonio que puso a disposición Jorge González sobre todos los avatares de su ajetreada, convulsa y temeraria vida a Ramón García del Pomar para que hábilmente novelase toda una biografía, cuya realidad y valga una vez más el tópico, en este caso bien certero y pocas veces superable, lo sea a la ficción, da como resultado un apasionante relato, muy bien narrado, que
abarca mucho: crónica de importantes sucesos históricos que afectan a varios países directamente, como son Argelia, Francia, España y en índole menor a Italia y Alemania. Son hechos que repercuten en nuestra mirada para una mayor comprensión de los conflictos, producto de la segunda guerra mundial en la órbita argelina norteafricana, la España del franquismo y su despegue
desde la transición, la Italia periférica con el poderío de las mafias, la Alemania del contraespionaje y la Francia de la colonización con sus residuos nostálgicos, al tiempo que el proceso con el general De Gaulle de la descolonización. En medio de todo eso, la singular aventura de un sujeto activo por aquello que llamaron los romanos el fatum, el destino de un pied noir abocado a convertirse en líder de la OAS “Organización Armada Secreta” con todo lo que de terrorismo y lucha de
comandos sangrienta trajo consigo. Por si fuera poco, dos décadas después y ya en Madrid, el artífice de estas peripecias, aunque con menos protagonismo, volvería a verse forzado desde unas circunstancias que el lector podrá conocer, perfectamente explicadas, por su colaboración nada menos que en los GAL “Grupos Antiterrorista de Liberación”. Aquí el personaje,
haciéndonos partícipes de los sucesos concatenados que se generan para hacerle perseguido en suelo francés, donde le acechan los cuerpos de seguridad de dicha nación, añadirá los enredos que se combinan y le acorralan en España por ser quien fue para los grupos mafiosos internacionales infiltrados en los quehaceres políticos e incluso policiales. Tenemos así una auténtica trama consecuencias de novela negra, pero que
repetimos, en nada exagerada y absolutamente real, tan
descarnada como Jorge González nos ha querido transmitir y el autor de esta materia de las verdades ha sabido comunicarnos para que palpemos, lo que de horror, autenticidad y mayor comprensión, queda aquí manifestado. Sin embargo, las aventuras de este niño nacido en un suburbio 
miserable argelino, de padres gitanos europeos, un pied noir que contra viento y marea se va haciendo un hueco en la sociedad, consigue destacar en los estudios, realiza inicialmente de crío
trabajos durísimos y desde su intuición, su precoz aprendizaje y porque no decirlo, dinamismo, ingenio y capacidad de iniciativa, dotado de una enorme astucia, se van encaminando a sucesivos triunfos tanto en su país de origen, como en París y finalmente en España. Y es en este, su país de refugio, donde con su relato, aprovecha Ramón G. Pomar para revelarnos todo un interesantísimo documento sociológico de lo relacionado con el mundo del ocio, la ahora llamada restauración y la diversión de la noche, desde principios de los sesenta, hasta su culminación en el templo de la movida madrileña, el Rock-Ola. En efecto, comprobamos en sus páginas como se encadenan toda una serie consecutiva e imparable de negocios, locales pioneros en sus enfoques que obedecen a adelantarse o a recoger las tendencias emergentes en cada momento, atendiendo al buen gusto en la decoración, a arriesgar con planteamientos novedosos, a confabularse con grupos sociales y empleados idóneos en cada momento, a ser capaz de establecer relaciones en las órbitas más
oportunas y a traducirlo todo en gran diversión para famosos, artistas, actores y élites, desde lo más chic y cosmopolita en Ibiza, Marbella o Torremolinos, a ya en Madrid, el Aladine inicio involuntario de la carnal Costa Fleming, el Royal Bus o el Carrussel, el Top Less con Tip y Coll, las atmósferas de la primera sala gay en Chueca, el Marquee y finalmente el Rock-Ola con sus protagonistas y tribus urbanas; sin olvidar distintos restaurantes, incluido el tentador de “las mini shorts” o lo que hiciese falta en sus reclamos de éxito. De veras que lo aquí contado no tiene desperdicio, más aún con la aparición de tantos nombres de personajes conocidos de todo el mundillo como decíamos del espectáculo, sin olvidarnos de políticos, millonetis, cara duras y demás fauna social, que aportan todo un retrato, insistimos, de esa “España nuestra”. Inevitable, en una biografía como la presentada, no hacer objeto en su eje de devenires ininterrumpidos, todos aquellos que relativos al sexo, al amor y a sus circunstancias se nos refieren, contextualizados aquí en las trepidantes fases de promiscuidad demostradas por quien antes, durante y tras su final relacionados con la que fue su mujer y madre de sus hijos, Popupette, se suceden “sin parar”, bajo situaciones de todo signo y condición, incluyendo a mujeres de renombre en su día, en el mundo del escenario. Todo ello resulta contado con fluidez y acierto por G. del Pomar, en esta espiral de arrastre continuo en su conjunción de aconteceres, dejándonos bien evidenciada la condición natural de gran seductor de Jorge González, con sus culebrones, en el sentido más amplio y sugestivo del término. 
Cuando tuve ocasión, terminado el libro, de compartir mantel con Ramón García del Pomar y el mismísimo Jorge González Bellier, desplazado hasta Madrid para la ocasión, me quedó muy claro el interés de nuestro protagonista, ya avanzado octogenario, por querer dejar a Ramón un testimonio en bruto de su vida, con muy escasas reservas y ocultaciones, donde por encima de todos sus actos condenables, de sus grandes aportaciones, de la demostración de su audacia, valentía, temeridad y capacidad de supervivencia, quedase bien patente más allá de su inconmensurable picaresca y astucia, su (con mayúsculas) enorme autenticidad, con todo lo que en su caso, de luz y de tinieblas conlleva, despojada de cualquier pretensión, depositándole estas “sus confesiones de vida” para su mejor difusión. Fue grato verle también reconocer sus errores, su repulsa a acciones cometidas en sus peores etapas, incluso recuerdo comentarnos que De Gaulle tenía razón a la hora de darle la independencia a Argelia, más allá de que ese proceso hubiese estado teñido de venganzas e injusticias. Un Jorge González para quien esos últimos años de su vida, valoraba la paz y sus intentos de sobrellevar una enfermedad cuidándose lo más posible. Es curioso que cuando conocí a Jorge en su condición de propietario del Rock-Ola, miento, en realidad le vi por vez primera antes, en El Jardín y hablé con él poco después en el Marquee, junto con Paco Martín, tuve la sensación de conocerle tiempo antes pero no lo ubicaba. Ha sido gracias a que el destino me hizo primer lector del manuscrito muy trabajado de su autor al leer su nombre de guerra y clandestinidad, Pancho González, en realidad Gonzales, caí en la cuenta: esa alusión a uno de mis iconos cuando fui joven tenista, la del campeón mejicano-norteamericano de dicho nombre, se correspondía con haber coincidido con Jorge en las pistas del club deportivo del Real Madrid, en diversas ocasiones, como digo, siendo yo un chinorri. Y puestos a sacarle punta, no creo que fuese gratuito la elección de dicho jugador, no por lo tremendo del uso por parte de Jorge, sino por las connotaciones de intrepidez, habilidad, lucha, astucia en el juego, orígenes de un país y raza pertenecientes a otro, dinamismo deportivo, gancho con las mujeres, en fin, no vidas paralelas pero si con guiños de semejanzas claras entre ambos.
¡Qué cosas!
Ramón García del Pomar jugó un papel importantísimo como
director artístico en el periodo de mayor auge del Rock-Ola, periodo “cumbre” de la llamada movida madrileña, tiempos, disculpen me permitan decirlo, de los que algunos ahora se molestan mucho en denostar, con lecturas sesgadas en mi opinión, tan generalistas unas, como ideológicas otras en su peor versión sectaria, la mayoría de ellos sin haber ni vivido, ni 
disfrutado ni participado en ninguna de sus facetas artísticas, ni en sus ritmos de espontaneidad creativa y vital y lo que es peor juzgando y sentenciando en exceso, sin ni siquiera imaginarlo bien. Su relación con el biografiado queda bien explicada para el lector en sus páginas, por tanto no es necesario señalizarla más, si diré que el hecho de entregarle Jorge sus revelaciones para ser publicadas considero fue un gran acierto, por la honestidad a la hora de enfocar el trabajo, su demostrada capacidad literaria para transferirlo y mantener, algo nada fácil, sus seguras intermitencias emocionales de repulsa y atracción intactas, a medida que recibía el torbellino de información, tan sustancioso como supongo en muchas ocasiones “indigesto” y apasionante, de una historia mayúscula y minúscula. Jorge González Bellier, aún entre los pied noir Pancho Gonzales, un per- sonaje siempre en el pim pam pum de tantas encrucijadas históricas como partícipe y testigo, vuelve a situarse con sus memorias en el ojo del huracán. Así que pasemos a conocer a este sujeto marcado bajo los ambiciosos retos del logro de sus sueños, objeto de los mayores triunfos y las peores derrotas. Apasionante epopeya.
 

Rafael García Contreras