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Proxémica "Las distancias humanas que establece el pensamiento. Expuesta en Museo Carrillo Gil, Méxi

Actualizado: 9 sept 2023

ObraPor L. Ramón García del Pomar.

Expuesta en Museo Carrillo Gil, México Df, Museo de Arte Contemporáneo Milán, Italia.


Proxémica

Las distancias humanas que establece el pensamiento.


Antes de adentrarme en mi subjetividad sobre la Proxémica y que en esta obra voy a ejercitar vía poesía y relato, calentemos motores haciendo un breve repaso sobre la ciencia que estudia al ser humano de un modo integral, la Antropología.

La Antropología demanda distintas instrucciones, instrumentos y conocimientos rigurosos. Para ello contamos con la experiencia que aportan las ciencias sociales y las naturales, siempre tratando de producir enseñanzas sobre el ser humano en su evolución biológica, desarrollo, modos de vida, estructuras familiares y sociales, recursos utilizados para la comunicación y la diversidad de nuestras expresiones culturales y lingüísticas. Facetas de una especie, nosotros, que ha venido necesitando de distintas especializaciones. Ciencias independientes, de diálogo continuo entre ellas, que a su vez se han diversificado en numerosas ramificaciones, tal vez solo por la necesidad de descubrir al monstruo que cada cual lleva adentro.

Hago mención a la teoría de la evolución, base que dio origen a la Antropología primigenia como ciencia que analiza el origen y la evolución de toda variabilidad humana a través de los tiempos, es decir, del proceso biosocial de nuestra especie animal. Está flagrante en todo individuo y en toda agrupación social, ya que ninguna de las dos entidades puede sobrevivir aislada y siempre será en relación con otro u otros. El hombre, en lo que tiene de ser humano libre, vive en un ser sujeto a su subjetividad moral. En cambio, se dice que en nuestra existencia cosificada o, como la llama Sartrela factibilidad del para sí, por su dimensión como cosa está sujeta a los perfiles de la objetividad.

Mi base empírica me lleva al pensamiento de Aristóteles, gran estudioso de la Biología, que en sus análisis filosóficos consideraba que un árbol de roble, como miembro de una especie, tiene mucho en común con todos los robles de reproducciones pasadas y con todos los que brotarán. Su universalidad, lo que le da la esencia de roble, es una parte de él; pero ningún roble es idéntico a sus pares en grado absoluto, por lo cual cada roble es particular. Diría que Aristóteles postulaba con mucha más insistencia que Heráclito o Platón sobre la importancia de conocer el mundo sensible. Es lo que le llevó a la conclusión de que un biólogo puede estudiar robles y aprender sobre su esencia, encontrando el orden inteligible dentro del mundo sensible.

Y volviendo a nuestra condición de seres y cosas, a los compuestos que intervienen para el desarrollo material y ético ¿No son variables estos compuestos, según las distintas emociones personales e interpersonales y la expresión química de cada interpretación que sea representada de una forma sutil o que pertenezca a la existencia o experiencia ya hecha y vivida? ¿Acaso nuestra particularidad individual no está condicionada también por la materia cosificada en la subjetividad de cada ser-cosa que nos rodea, estemos interaccionando de una manera consciente o no? ¿No pertenecen a una misma universalidad el mundo orgánico y el inorgánico?

Nadie mejor que el antropólogo peruano Carlos Castaneda para referir esta circunstancia que permite la conmutación hacia mundos paralelos. Cuenta la experiencia que vivió su cuerpo sutil, el nagual, adiestrándose en el desprendimiento de su masa corpórea y mal desenvolviéndose en el altamente absorbente compuesto inorgánico de la materia universal, mientras su sujeto permaneció afectándose por las consecuencias descontroladas en el propio cuerpo orgánico, abandonado por la praxis errátil de la conciencia durante el ejercicio. Me permito insistir en que, aunque nuestra conciencia divague y no seamos conscientes del funcionamiento mecánico del cuerpo que la sustenta, este volumen que ocupamos y que es cosa se rige, igualmente, por los distintos estados psicofísicos que transitemos y los productos que por ello se generen desde el sistema endocrino que nos da el ser.

Desde luego que cada cual, de una manera temporal con relación al sí mismo siempre variable, experimentará según la instrucción de su condición física, intelectual y abstracta. Y démosle valor a considerar que en nuestra droguería interna se producen alrededor de 500.000 reacciones químicas por minuto. Como dijo Heráclito: Todo cambia, nada permanece igual. Nadie se baña dos veces en la misma agua del río.

Si el humano solo es un cuerpo entre cuerpos y la libertad surge por nuestra necesidad de superación; si labramos el propio ser para tener un sujeto que nos defina ante el vértigo de no tener Soy, si la muerte es tan inevitable como el nacer y el óbito final nos convierte, tras la posterior descomposición, en algo anclado y desprovisto para nuevas posibilidades, ¿qué decir de un sujeto cuya parte de él no va más allá de las cosas? ¿Lo hará su subjetividad, la conciencia?

Estamos ante dos representaciones contrastadas por la ciencia: la que Platón atribuyó a Heráclito y la que Castaneda dijo experimentar. Sobre la primera ya no caben dudas para la ingeniería clásica. En cuanto a la segunda queda mucho por hablar entre los más pragmáticos de la física y, menos, entre los caminos de la mecánica cuántica.

Y me pregunto: En la heráclita, donde todo cambia, ¿qué ritmo sigue la transformación de la materia con relación a nuestra capacidad de apreciación subjetiva e irreal? En cuanto a las Enseñanzas de don Juan, narración presuntamente vivencial de Castaneda, mi pregunta, refiriéndome a la labor de las llamadas neuronas espejo y el empirismo del antropólogo con respecto al nagual: ¿Pudiera tratarse de lo facilitado por una misma herramienta, observada desde distintas corrientes científicas y por ello las dos sean embuste sin dejar de ser ciertas?

Para cerrar esta introducción y antes de entrar en el tema puntual que nos ocupa, la Proxémica, hago unas últimas preguntas:

Cuando me comunico con alguien, ¿qué percibe la subjetividad de mi intercomunicador?, ¿depende de la distancia y el medio que nos enlaza? Y si la interpretación surge de su particular capacidad de abstracción, ¿acaso no lo convierte en una mentira que genera para su propia conciencia ciega? ¿Seguimos, él y yo la rutina de algún ritual iniciático, de algo que como seres mediáticos nos adiestra en el costumbrismo de la comunicación y lo vivimos embaucados por la necesidad de satisfacer nuestro ego?

Así hemos llegado a la Proxémica, ciencia que estudia nuestras relaciones personales e interpersonales en maneras e influencias.

De primera instancia, consideremos la instructiva necesidad de nuestra naturaleza para dar nombres y sustantivar. Es una conducta integrada en la voluntad evolutiva –de ahí que no todos alcancemos el mismo nivel intelectual– que pasa a integrarse en el sistema autónomo para cumplir con el compromiso del ahorro energético de nuestro cerebro, maquinaria que consume el 90% del nutriente ingerido por la cosicidad objeto-sujeto. Poniendo nombre a los seres y cosas y dándole un verbo a las circunstancias situamos con mayor inmediatez nuestra mente en el punto a observar o en el tema a considerar, labores que establecemos para proteger el espacio personal y el pensamiento que surge abstracto y que pasa a manifestarse, ya sea por pregunta o afirmación, como un concreto.

Así, la Proxémica, término acuñado por el antropólogo Edward T. Hall en 1963, se utiliza para medir y clasificar las distancias mediales entre las personas mientras interaccionan desde sí y hacia sí. De ahí que la Proxémica se refiera a la disposición y abstracción que hacemos de nuestro espacio físico, de cómo y con quién desplegamos la intimidad personal.

Llegado a este punto y si tengo en cuenta las palabras de Hermann Hesse cuando escribe que las fronteras de la vida las delimita su pensamiento, me pregunto:

¿Tomamos un camino correcto al implantar sistemas de medida concluyente? ¿Se debe hablar de la Proxémica como elemento de valores reales? Simultáneamente me respondo que sí y que no. He sido educado en sistemas con valores crípticos, muchos de ellos obsoletos hoy. Mi búsqueda interesada en una mayor libertad subjetiva me ha llevado a observar que no existe más distancia que la determinada puntualmente por nuestro cerebro.

Racionalmente creemos actuar bajo la experiencia de lo conocido y estamos interesados por qué descubrir. Son pautas establecidas en el laboratorio donde se han de producir las reacciones químicas inmediatas para la motivación del sujeto. Empíricamente, para la formación del conocimiento enfatizamos el papel de la experiencialigada a la percepción sensorial. En ambos casos se parte de un mundo sensible para formar conceptos que encuentren su justificación y su limitación.

Estos vídeos con los que documento mi investigación —al final del libro pueden dejarse seducir por los enlaces que adjunto—, donde intervengo tanto racional como sensitivamente, podemos observar distintos estadios proxémicos.

¿Cómo reacciona el cerebro ante los acontecimientos? Diría que convenciendo, conmoviendo, convenciéndose y conmoviéndose.

Toda línea de transmisión implica un conductor. Una configuración que no solo sea capaz de producir y almacenar energía; también ha de trasmitir y ser receptor ¿Cómo? En este caso que nos ocupa, la Proxémica, a través de campo biomagnético que se forma por el potencial eléctrico que genera nuestra propiedad, recorre el sistema nervioso central y se amplifica en el cuerpo etérico o bioplasmático hasta lo inconmensurable. Solo hay mundos ignotos donde nuestros sentidos no alcanzan a reconocer para el raciocinio. Lo cierto es que nuestro sujeto, tal como dice la ciencia, está compuesto por agua para apresurar el viaje eléctrico que activará la reacción física motora y en sus impulsos produce ondas. Figuras medibles que, por sus características, en primera factura interaccionarán con el entorno que, a su vez, hará lo mismo con el propio para ir abriéndose como una onda expansiva que responderá en su evolución según las particularidades de cada unicidad con la que interaccione.


¿Cuánto tiempo tarda nuestro cerebro en adquirir conciencia de lo que ocurre a nuestro alrededor?

En este segundo vídeo, Comunicaciones subjetivas, Aruna Nisad y un servidor iniciamos la performance separados por un tabique, sin vernos pero con los sentidos agudizados para tratar de captar, intuitivamente, el proceso del otro. No partíamos de una idea concreta. El guión consistía en dejarse llevar por los impulsos preponderantes. Viendo ahora estas imágenes podemos apreciar que, ambos, vamos en la misma línea, exhibiendo cada uno las particularidades más propias de su condición cromosómica. Mi conducta, radicalmente yang, contrasta con la de Aruna absolutamente yin, pero, sin embargo, los dos estábamos ocupados en revelar nuestras características complementarias para llegar al apareamiento. Tanto es así que, sin medir palabras entre nosotros, sin que hubiera el más mínimo indicio de saber –digamos de una manera racional al estar separados por una pared– las pautas que individualmente nos guiaban, llevado por el impulso que me dictó la intuición acudí a ocupar como objeto subjetivo XY el espacio donde mi compañera creía desarrollar su subjetividad XX. En la muestra que observamos resulta obvio que obedecí al reclamo de la hembra, tal que ella, igualmente, empatizó con mi deseo. La acción siguió en su proceso hasta concluir en busca de intimidad saliendo de escena.

¿Se podría decir que nos guiaba la inducción convencional en el campo cercano de una corriente? He de contar que Aruna Nisad y yo formamos una pareja de hecho y nuestros cuerpos sutiles o dobles etéricos se reconocen a cualquier distancia. ¿Como si nuestros fotones tuvieran identificado el ADN del otro y permanecieran en perfecta alineación, sea cualquiera la distancia entre nosotros?


En el tercer video que presento, perfomance poética Soñamos, quise evaluar el efecto proxémico que se produce en la medida que me acerco o alejo del espectador. El escenario era semicircular, por lo que el público me rodeaba de frente y por mi derecha. Al salir reptando como si emergiera por un conducto vaginal, sin ver al observador y consciente de que sus sentidos estaban quietos en mí, hice un breve reconocimiento de cuál era mi estado ser-sujeto. Dada la práctica que como terapeuta, tengo en este tipo de conmutaciones tan inmediatas, en desplazarme del cuerpo tonal al sutil, habiendo reconocido mi unicidad y dejándome llevar por las posibilidades comunicativas de mi cuerpo biomagnético contacté con la energía que mi aparición escénica producía –desnudo y cubierto por una metafórica piel, plástico transparente fino que me oprimía– en la objetividad del espacio. Aprecié que solo había subjetividades. No teniendo que confrontarse, el público, con mi mirada, en lugar de conectarse a mi exposición intelectual, lo hacían con sus fantasmas, no todos liberadores. En el aura de la sala había inquietud, sorpresa y curiosidad. Parecía que mi performance tuviera el fin, para ellos y ellas, de activarlos en un viaje interior de recuerdos y análisis comparativos con la imagen de la acción, más que con su contenido. Fueron emociones que me recorrieron sin ser mías. Están las culturas mesoamericanas, donde la tradición chamanística es muy común, que podrían explicar perfectamente estos fenómenos de percepción.

El cuerpo humano es un conductor electrostático, con una capacidad típica respecto a tierra de unos 150 picofaradios y un potencial de hasta 30 Kv. Las personas somos conductores aislados y producimos luz. Una vez que hayamos aprendido a observarla —a ver desde la segunda atención diría el chamán— y a tocarla, seremos conscientes de cómo el concepto distancia desaparece. Las partículas de la luz son visibles y palpables; solo precisamos un ligero entrenamiento para aprender a reconocerlas. ¿Y con los ríos, lagos y mares que conforman nuestro organismo? ¿Qué ocurre, entre otras maniobras, con ese enorme porcentaje de agua que atesoran nuestros millones y millones de células? Cito el trabajo del fotógrafo Masaru Emoto El mensaje del agua, donde muestra cómo las partículas del elemento líquido varían de putrefactas a sanadoras según el tipo de energía que perciban. La vida se hace por la configuración de conductas energéticas que se enlazan.

Y si somos luz, colores puros o monocromáticos que surgen como consecuencia de nuestros niveles de energía, y si somos agua, vapor con hidrógeno y oxígeno que exhalamos a través de las oquedades de nuestra carnalidad porosa, y si somos propósito, voluntad generada desde la propia existencia, ¿quiere decir que esta tríada nos convierte en partículas de una masa que, cuando menos y como parte que formamos de una fuerza superior, algo de nosotros puede ser desplazado a la misma velocidad de la luz? Según el catedrático español de Física Antonio Ruiz de Elvira no podemos mover nada a más velocidad que la luz porque lo único capaz de mover una partícula con masa es otra fuerza que vaya justamente a esa velocidad.

Existen muchas hipótesis y teorías por investigar entorno a la posible velocidad que pueda alcanzar nuestro cerebro racional o consciente. También hay muchos terapeutas que, tras situarse en los planos de su conciencia inconsciente, practican sanaciones por una vía que parece capacitar sus cerebros para llevar la misma conducta de los electrones en su desplazamiento orbital alrededor del núcleo. Instantáneamente desaparecen de una órbita y aparecen en otra, circunstancia que la física define como “salto cuántico”.

¿Y dónde queda la Proxémica? Las ondas que producimos, sin duda más delatoras que la palabra o el gesto, al margen de la velocidad de desplazamiento y de la masa o el no-vacío que atraviesen, desde el momento que comienzan a generarse ya están contactadas con las adyacentes, entre las que sin duda se encuentran las de nuestro interlocutor. Quiere decir que, antes de que intervenga la interpretación con la que expresemos nuestras percepciones ya manufacturadas, en esos instantes en los que se fragua la estrategia a seguir con el otro u otros, podemos tomar dos caminos: Transcender con los sentidos de la razón –nuestra subjetiva intelectualidad–, lugar en que la Proxémica entra como herramienta de análisis, o intervenir desde los elementos de nuestra configuración más primaria, luz, agua y propósitos.

Cuando me deshice del envuelto y afronté al público, antes de observar sus miradas quise hacer un reconocimiento de los cuerpos mediáticos, cuyo componente es el aura para captar su atención desde el plano ingénito, que es el plano de los componentes energéticos que están dentro de los límites del cuerpo físico. De esta manera, valiéndome de sus canales de luz e interviniendo con los míos, si mi voluntad fijaba la atención sobre el aura del espectador más alejado, el efecto que producía con mi representación en él, interpretado según las tonalidades de su espectro eléctrico, era exactamente igual al que se producía en el asistente más expuesto a mi cercanía.

El hecho de venir adiestrándome a estar presente con la conciencia ante sí misma me permite una cierta dualidad o separación en el interior de la conciencia. La mejor instrucción de uno mismo se logra cuando nos observamos con una cierta distancia.

La Proxémica es vía de autoconocimiento. Sabiendo dónde estoy conozco si tengo que regresar.

Estamos muy anclados en el reconocimiento de la intelectualidad por lo que, en contra de nuestras facetas emocionales, tendemos a priorizar su presencia en las relaciones sociales para garantizarnos una posición. Vuelvo a citar a Sartre por sus palabras: El hombre no tiene ser, por lo que sólo le cabe hacerse y ser aquello que ha querido ser.

El hombre sí tiene ser, desde el momento en que se fecundó. Un ser inconsciente aún, sí, pero ser. Y mientras se va haciendo, ya está siendo lo que ha querido ser. Se va moldeando según las condiciones genéticas heredadas y las emociones que perciba a través del vientre materno. Luego, en el aprendizaje consciente seremos mediáticos y evolucionaremos según la cultura y condiciones económicas que nos rodeen. Algunos empeñarán la vida especializándose en algo de aquello que, para su idealizado disfrute, eligió aprender de sus mayores y maestros. Pero ¿Y si somos mediáticos y conscientes de nosotros mismos a la vez, esta presencia de la conciencia a sí misma y a la ajena no es un rasgo básico del para sí y desde el otro?

¿Qué percibo cuando te acercas y qué emito cuando te consiento o me acerco yo? ¿Y si estamos situados a dos metros o tres, ya sea de frente o espaldas, hablando o no?

A la primera pregunta le faltan los posibles factores que intervienen en el encuentro, como el clima, la hora, el estado emocional y el hormonal, los biorritmos, las preocupaciones, el deseo o no del encuentro, etc. Así que solo puedo considerar un factorel viaje interior que me ocupe en ese momento y que me lleve a pensar en que lo primero que percibo de ti pudiera ser lo que creo que tú verás de mí, lo que yo voy viendo. De ahí que gran parte de la sociedad niegue la telepatía. ¿No será por miedo? Nuestras neuronas obedientes al pensamiento viajan, las más rápidas a unos 300k/h. La telepatía se transmite de espíritu a espíritu. Es una comunicación instantánea que no considera el espacio-tiempo. Vuelvo a preguntar cuál es la velocidad de la percepción extrasensorial. La velocidad del espíritu, dice la autora Graciela Bendi, contra la del pensamiento no tiene límites. Su velocidad traslativa es infinita de acuerdo con su perfección.

Así que concluyo haciendo énfasis en la conveniencia de eliminar las distancias humanas que establece el pensamiento y hagámonos prácticos en actuar con el espíritu. Donde no caben mentiras, entresijos ni tramoya.

Donde aquí es allí y viceversa.


L. Ramón García del Pomar.

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